¿Qué nos hace sentir miedo? Cuando los artistas olvidan qué significa horror.
¿Sangre? ¿Muerte? ¿Traumas? ¿Jumpscares (escena con sonido fuerte cuando sucede algo para que te espante esta)? ¿Cómo generas terror a quienes consumen tu obra? Para contestar eso primero tenemos que revisar si sabemos por qué algo da miedo.
Nota: Para este artículo usaré la definición más general de artista, a saber, toda persona que crea arte escrita, pintada, en video, actuada, etc.
¿Sangre? ¿Muerte? ¿Traumas? ¿Jumpscares (escena con sonido fuerte cuando sucede algo para que te espante esta)? ¿Cómo generas terror a quienes consumen tu obra? Para contestar eso primero tenemos que revisar si sabemos por qué algo da miedo.
Somos animales, nos guste admitirlo o no, y parte del paquete de serlo incluye una sección en nuestro cerebro hasta cierto punto inaccesible a la que llamamos «instinto». Es de aquí de donde por lo general proviene el miedo y este no es más que una reacción a algo que estamos convencidos nos puede causar daño. Puede ser físico o emocional.
Hollywood y artistas famosos de todo el mundo suelen creer que «miedo» es sinónimo de algo grotesco o impactante. En muchas novelas se derraman ríos de sangre, se pierden extremidades y se perturba la mente. Y sin embargo, nos encontramos riendo o poniendo los ojos en blanco. Que algo se vea «feo» o que sea «impactante» claramente no es suficiente.
Existen muchos géneros de horror y creo uno de ellos nos puedes ayudar especialmente a identificar algunos de los requisitos más básicos de algo atemorizante: el horror liminal.
Espacios liminales
Liminalidad significa transición de un estado a otro, por ejemplo, los años en los que pasas de niño a adulto, lo que llamamos adolescencia (que sobra recordar no viene de "adolecer"), es un estado liminal.

Tomando esa información en cuenta, un espacio liminal será aquel que está en una transición de uso a destrucción o desgaste por abandono u olvido. Estos son amados por los artistas de horror. Los más comunes incluyen:
- Un parque de diversiones cerrado.
- Una granja abandonada.
- Una plaza comercial cerrada hace años.
- Una prisión vacía.

Pero no es necesario que sea algo con manchas de sangre, óxido y lodo en las paredes y estructuras. Ni que esté lleno de basura, ropa vieja, plagas de cucarachas o esté sumido en la oscuridad. Los espacios liminales incluyen también los siguientes escenarios:
- Un área de piscina vacía.
- Un pasillo de hotel iluminado pero largo y vacío.
- El cuarto de alguien que sabemos se ha ido de vacaciones por unas semanas.
¿Cuántas veces no has sentido angustia al ingresar a un lugar desconocido donde puedes escuchar el eco de tus pasos y cómo estás respirando?

El lugar claramente no da miedo por viejo pues está en perfectas condiciones. Ni es impactante como un puente de madera a 100 metros de altura.
Lo que nos causa angustia en ellos es el hecho de que algo en estado liminal es algo que «es pero no es». No está ni en el estado inicial ni el estado final. En otras circunstancias se celebra cuando termina ese estado, nota por ejemplo todos los rituales y fiestas que hay para ese momento en el que se es ya oficialmente un adulto en la cultura. La angustia de estar en un punto intermedio o punto de transición viene de nuestro instinto y algo llamado «valle inquietante».
Valle inquietante (Uncanny valley)
«Deja de hacer esa cara, me estás enchinando la piel» es una frase con muchas variantes bastante común. No podemos explicar por qué, pero algo simple que vemos, escuchamos o sentimos por alguna razón dispara nuestras alarmas y el cuerpo se prepara para correr, congelarse o luchar.
Esto se conoce como el valle inquietante y se centra principalmente en qué tan humano es algo. La teoría dice que entre más se acerca algo a imitar a un humano, más es la sensación de angustia que nos causa, pues nuestro cerebro es experto en detectar inconsistencias. Es casi humano, pero no lo es del todo. Es pero no es. Da miedo.

Pensando antropológica o biológicamente, la explicación de que algo así nos haga sentir malestar está en las enfermedades. Hace miles de años nuestra primera defensa contra enfermedades dentro de una comunidad era lo extraño de algún miembro, por ejemplo, una mancha rojo brillante en su piel que antes no estaba ahí; granos expulsando líquido de algún tipo; ojos amarillos; gritos aleatorios incontrolables de dolor; sonidos de aire siendo expulsado a la fuerza por la boca (tos); todo esto nos decía que algo andaba mal y el instinto nos hacía retirarnos.
Cuando vemos un video de una inteligencia artificial intentando hacerse pasar por humano la sensación de «algo está mal» puede invadirnos. Parece humano, pero la forma en que mira su entorno, la forma en que se mueve, las palabras que usa, algo hay en ello que no cuadra del todo y es mejor huir o alejarse que arriesgarse a que nos haga daño.

Creo que te habrás dado cuenta de a dónde voy con todo esto: el miedo proviene de aquello que no corresponde del todo con lo que esperamos experimentar.
Un monstruo en una película no da miedo por «ser un monstruo», sino porque es una criatura que no podemos clasificar o ubicar en el mundo real. No es ni de aquí ni de allá, y el hecho de que esté tratando de hacerse pasar por algo que puede existir nos causa angustia.
La escena donde el protagonista llega al infierno no da miedo porque sea el infierno, sino porque es un lugar que se está haciendo pasar por algo real. Sabemos que no corresponde a algo que podría existir y sin embargo está ahí.
En los últimos 12 meses, las películas de artistas independientes demostraron con creces que esas escenas de Hollywood donde hay un sonido fuerte y aparece la criatura (conocidas como jumpscares), no son realmente lo que buscamos cuando queremos consumir horror.
Backrooms, obra que comenzó en el sitio web 4chan y luego fue popularizada por Kane Parsons, de 16 años, hasta convertirse en película, recibió un presupuesto de 10 millones de dólares y terminó recaudando 400 millones a nivel mundial. Esta está centrada en un espacio liminal en el cual puedes caer por medio del no-clip, término de videojuegos en el que te vuelves capaz de atravesar sólidos, ya sea que lo desearas por estar programando algo o haciendo trampa, o no, como cuando atraviesas el suelo y mueres por un error del juego.
Lo angustiante de caer en los Backrooms es que estos no tienen mucho sentido, son una imitación de la realidad. Un valle inquietante a donde mires y por donde camines y los espectadores pueden sentir eso también.
Por otro lado, Obsession, película independiente de finales de 2025, nos muestra un deseo concedido que lleva a una situación fuera de la realidad. La actriz que representa a la protagonista Nikki Freeman, hace un gran trabajo en sus expresiones y movimientos para llevarnos a ese valle inquietante en el que sabemos que aunque se ve como humana, hay algo dentro o habitando en ella que no lo es.

Bear, el protagonista varón, es un monstruo, sí, pero no da miedo. Lo detestamos y lo vemos como patético, no le tememos. Nikki es la víctima y sin embargo es la que nos deja con un mal sabor de boca a lo largo de la obra por el gran rechazo que su es-pero-no-es nos causa.
Cómo crear horror
Todo aquello que sale de la realidad establecida, pero que sigue siendo en cierta forma posible o que está haciéndose pasar por algo que es posible, nos causará angustia a un nivel instintivo. Un humano poseído, un animal mutando, un cuarto con paredes a las que están creciendo pelos, un sonido que hace tu cuerpo vibrar hasta licuarse y convertirte en pasta lentamente. No es lo horrible de la situación, sino lo inquietante de que no corresponden al mundo que conocemos y verlas sería algo imitando a la realidad.

Al crear una obra, desde una historia corta hasta una melodía o una película. De una pintura a una escultura o una ilustración digital, el artista no debe de centrarse en el shock, en lo impactante, en el asco ni la perversidad. Debe comenzar preguntándose, «¿cómo puedo aproximar esto a algo real, lo suficiente para que cause angustia? ¿Cómo hacerle caer en el valle inquietante que activará el miedo instintivo del espectador?».
Aléjate mucho y te quedarás solo con el asco o el impacto. Acércate demasiado y pasarás a la normalidad, pues llega un punto donde es tan humano o tan natural lo que creas que el valle inquietante ha quedado atrás. El arte del horror no está en traer las imágenes más fuertes imaginables, sino las que erizarán la piel y aun así te quedarás preguntándote por qué. Porque después de todo, el instinto es un área a la que no podemos acceder del todo, y no siempre sabemos que el terror que sentimos ha venido de ahí.
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